Trastornos de la infancia
La InfanciaCada niño nace en el centro del seno de su familia. El íntimo contacto precoz entre la madre y el niño, inmediatamente después de su crecimiento tendrá un elevado significado emocional para la necesidad mutua de intercambio.
La madre tocas las manos y el cuerpo de su hijo recién nacido, acaricia cariñosamente la cara del neonato. De cierta manera mantiene una conversación directa con su hijo cara a cara. Por su parte el niño respira una sensación visible de tranquilidad cuando capta sobre el pecho de su madre el latido cardiaco y la voz, que le resulta sumamente familiar por su experiencia prenatal.
Está etapa esta comprendida entre los 3 años ( primera infancia) hasta los 10 años ( infancia tardía – edad escolar básica) en la cual el niño vivirá miles de experiencias en al interior del hogar, escuela y comunidad.
En la cumbre de la UNICEF, en septiembre de 1990, mas de 60 jefes de y de gobierno hicieron la solemne promesa de instaurar, desde su ámbito de responsabilidad, las medidas necesarias y oportunas para erradicar la desnutrición masiva, enfermedades evitables y el analfabetismo hasta el año 2000. El unificado será inspeccionado por la Naciones Unidas y se controlará regularmente, un signo de esperanza para los niños de la tierra.
Los niños no son pequeños adultos sin embargo, necesitan la relación con personas adultas que comprendiendo su condición de niños, les acompañen y ofrezcan cuidados, seguridad y estimulación efectiva.
El nacimiento de un niño supone simultáneamente el nacimiento de una familia.
Enfoque de los trastornos psicológicos
El estudio de trastornos psicológicos es el estudio de problemas de la vida y dicho con sencillez, comprende el estudio de patrones de conducta que en la sociedad se consideran como "anormales".
El funcionamiento humano eficiente o "normal" es en parte la ausencia de patrones anormales de acción, conocimiento y emoción.
- Trastornos del sueño
Cada niño posee un ritmo propio de sueño que, habitualmente, no coincide con el requerido por la madre o por los hábitos . El niño tiene sus propios métodos para realizar el tránsito del estado de vigilia al de sueño, por ejemplo mediante actividades autoeróticas. Sin embargo el desconocimiento de las necesidades naturales del bebé puede crear las primeras dificultades con le funcionamiento normal de los procesos de satisfacción de los impulsos y/o necesidades.
Antes del año, el bebé una vez satisfechas sus necesidades corporales y cuando no interfieren otros problemas, puede quedarse rápidamente dormido, ya que el sueño va íntimamente ligado a la impresión de saciedad. Durante los primeros meses, el despertar está estrechamente vinculado a la sensación de hambre, y el adormecimiento a la de satisfacción. A fines del primer año los estados de vigilia son frecuentes ya que se amplían los intereses de los niños, quien se torna cada vez más activo.
Se entiende que los trastornos del ritmo habitual del sueño suelen estar relacionados con dificultades en la o con trastornos de relación.
Durante el primer trimestre de vida, pueden darse dificultades en conciliar el sueño a causa de varios factores:
- Inadecuada aplicación del régimen alimentario
- Rigidez en los horarios
- Tomas mal compaginadas con las necesidades del niño
- Falta de estimulación en general.
Algunos niños, sobretodo los hiperactivos, tienen más dificultad que otros para conciliar el sueño, y necesitan, por ello, y ambiente más acogedor y tranquilizante, pero con todo debe tenerse en cuenta los factores anteriormente citados.
A partir del tercer mes la falta de estimulación general y de contacto afectivo se convierten en causa primordial de los trastornos del sueño.
De 12 A 24 Meses
Independientemente de que durante el primer año de vida el bebé halla establecido un buen ritmo de sueño producido sin problemas, a lo largo del segundo año aparecerán dificultades para conciliar el mismo.
El niño suele estar excitado ante el nuevo campo de posibilidades que le ofrecen sus recientes adquisiciones, sobretodo las relativas al dominio de la marcha: surgen también inquietudes relacionadas con la problemática de la individuación. Ante este estado de cosas, dormir ya no es la solamente la respuesta automática a una necesidad corporal, sino que el niño precisa abstraerse de sus intereses para conciliar el sueño. Como esto no es fácil y produce un importante de ansiedad, el niño trata de mantenerse despierto utilizando todos los medios a su alcance.
La incapacidad para soportar el comienzo de la auton omía, por lo que ésta supone la separación de la madre, hacen que las llamadas de atención hacia ésta sean continuas mediante múltiples medios que provoquen su presencia: lloros, ritos, utilización de rituales (que pueden llegar a constituir auténticos ceremoniales), etc. Estos rituales se manifiestan de distintas formas, por ejemplo, exigiendo que la madre se quede en determinado lugar, que se quede un rato junto a él después de apagar la luz, que le acunen, que le cuenten historias, etc. Hay otro de rituales, que ejecuta el niño en el modo de acostar, arropar y hacer dormir a todos sus muñecos como acto previo a su propio descanso.
Otros medios a los que recurre el niño de esta edad para conciliar el sueño, algunas de las cuales son una continuación de la etapa anterior (mecerse, balancearse, succionarse el pulgar, masturbarse, etc.), todo lo cual le permite dormirse el recurso a los "objetos transicionales" –osos de peluche, muñecos, mantas– es otra forma de conjurar la angustia y posibilitar la transición del estado de vigilia al sueño.
Hay una serie de factores de carácter externo que provocan ansiedad y perturban el sueño. Entre ellos pueden citarse los horarios irregulares, un ambiente ruidoso y agitado, y la sobreestimulación del niño por parte de los padres.
Otro factor ansiógeno se añade cuando el niño duerme en la habitación de los padres. Igualmente las imposiciones excesivas en el terreno educativo respecto a la motricidad, el lenguaje y la limpieza producen fuerte ansiedad, que repercute en ansiedades para dormir.
De 2 A 5 Años
Durante la fase de sueño hay una ruptura con el mundo exterior y una disminución de las funciones vegetativas y de relación.
La cantidad de horas que duerme el niño, así como la profundidad de su sueño y su distribución durante las 24 horas del día, depende de las diferentes etapas del desarrollo, ya que la evolución del sueño es paralela al proceso de maduración orgánico-funcional.
Las muestras de ansiedad, relacionadas con el sueño durante el segundo año, se dan en forma de dificultad para irse a la cama, porque ello supone separarse de la madre. Si la estimulación durante la vigilia no es adecuada, y no va acompañada de un buena relación, el sueño se verá interrumpido y aparecerán diversos trastornos
Entre los 3 y 5 años, el sueño tiende generalmente a normalizarse, aunque pueden continuar algunas dificultades, tales como despertarse varias veces durante la noche, llamar a la madre, padecer sueños desagradables, etc.
A estas edades los niños se niegan a hacer la siesta.
Los trastornos que pueden aparecer en ésta época son:
- Miedos
- Rituales y Automatismos
- Pesadillas
- Terrores Nocturnos.
El niño experimenta el miedo y la angustia en forma combinada. Los miedos suelen ser bastante frecuente s entre los dos y dos años y medio, los niños tienen miedo a la oscuridad y a estar solos, piden la luz de la habitación o del pasillo encendidas, el interruptor cerca, y requieren a menudo la presencia de la madre para tranquilizarlos y conciliar el sueño.
Hacia los tres años y medio. Los miedos se concentran en los pequeños animales (bichitos en la cama). Por el contrario, a los cinco años los temores se centran en los grandes animales (bestias salvajes).
Estos miedos sueles calmarse con la presencia de los padres y acostumbran a desaparecer sin llegar a constituir un importante, siempre que los progenitores traten de comprenderlos y tranquilizar al niño para que éste pueda sentirse protegido.
Cuando las pesadillas son muy frecuentes y muy terroríficas, y los miedos van en aumento, son síntomas de un trastorno de la personalidad del niño.
Rituales y Automatismos
Los rituales a la hora de acostarse se dan frecuentemente entre los dos y tres años y medio, y sirven al niño para tranquilizarse y calmar su angustia, permitiéndole conciliar el sueño.
El niño, a estas edades, tiene miedo a la oscuridad y a la soledad, y por lo tanto puede pedir (o exigir) a la madre que se quede un rato con él, que le cuente historias antes de acostarse o que lo acaricie y acune.
Algunos niños se succionan el pulgar, hacen ruidos moviendo repetidamente la lengua, los labios y se acarician el cabello, las orejas o la mejilla con la mano. Otros sólo pueden dormirse con un trozo de tela , una almohada o cualquier otro objeto, que siempre debe ser el mismo y cuenta con características determinadas, con el que el niño se frota la cara, lo aprieta entre las manos o simplemente duerme con él al lado.
Es frecuente también que el niño necesite tener a su lado para dormir un muñeco o su animal preferido. Por lo que éste se convierte en su compañero inseparable, a la hora de acostarse.
Los automatismos son ruidos o movimientos persistentes, tales como el rechinar o entrechocar los dientes. Antes de los 3 años puede observarse SOMNILOQUÍA, que es la expresión de algunas palabras sueltas emitidas por el niño mientras está dormido, puede persistir hasta edades escolares, y está relacionado con la ansiedad.
Pesadillas
Las pesadillas constituyen otro frecuente trastorno del sueño. Durante las mismas el niño se mueve, gime y se despierta.
La pesadilla es una forma de expresión de la ansiedad que se concreta en imágenes durante los sueños que el niño siente como reales.
Paralelamente a la pesadillas, pueden darse también rituales en el presueño y miedos durante la noche.
A estas edades, el niño tal vez explica lo que le ha pasado; llora porque ha tenido una pesadilla, y cuando acude a la madre, le dice que tiene miedo y que no quiere estar solo sin que sepa explicar la naturaleza de su sueño terrorífico.
Terrores Nocturnos
En los episodios de terrores nocturnos, el niño, a las 3 ó 4 horas aproximadamente de haberse dormido, comienza a gritar, gesticula y se agita pidiendo auxilio, como si tratara de apartar de él fantasmas que lo atacan. Cuando los padre acuden, le encuentran sentado en la cama o levantado, visiblemente angustiado y con expresión de terror, diciendo cosas que no siempre son comprensibles. No reconoce a las personas que están con él, ni suele contestar coherentemente a las preguntas que se le hacen. Sin alcanzar a despertarse totalmente, se va tranquilizando y vuelve a quedarse dormido. Estos episodios suelen repetirse durante varias jornadas una vez por noche, generalmente a horario fijo.
Si estas crisis son frecuentes, el niño se siente más cansado de lo normal durante el día. Algunos niños que no presentan grandes dificultades sufren algunas crisis ocasionales de terror nocturno. Pero este fenómeno aislado y esporádico suele obedecer a un momento de angustia en él, y remitirá en cuanto esta desaparezca, pero su reiteración es evidentemente, patológica.
Las pesadillas son más frecuentes que los terrores nocturnos, aunque las primeras suelen darse más tarde, entre los 8 ó 10 años, mientras que los terrores nocturnos se sitúan entre los 3 ó 4 y 7 años.
De 5 A 10 Años
Sonambulismo
El niño sonámbulo se levanta durante la primera parte de la noche, actuando, automáticamente, con los ojos abiertos, la mirada fija y movimientos inseguros. Después de deambular por unos minutos, durante los que puede realizar diferentes acciones, sean o no coherentes, tengan o no algún sentido lógico, vuelve a la cama o se deja llevar fácilmente por cualquier persona. Al despertar no recuerda lo ocurrido.
La edad de aparición se da entre los 7 y 8 años, con más frecuencia en los varones.
Mediante la exploración de la mentalidad del sonámbulo, se ha observado que lleva consigo componente ansiosos o depresivos.
Insomnio
La dificultad de conciliar el sueño, o el despertarse frecuentemente de forma prolongada durante la noche, son síntomas que obedecen a conflictos propios del niño o a una perturbación de la vida familiar.
A partir de los 5 años estas anormalidades, si se presentan de forma persistente, son, síntoma de una perturbación de la personalidad, cuyo significado será distinto según el niño, por lo que deberá estudiarse cada caso en particular.
Las Pesadillas
Las pesadillas son otro de los trastorno del sueño: el niño se mueve, gime, y termina por despertarse, explicando a los padres los terribles sueños que ha tenido.
Se deja tranquilizar seguidamente con facilidad, aunque algunas veces tiene miedo de volverse a dormir, pues cree que se repetirán los sueños desagradables.
Las pesadillas siguen siendo, a esta edad, la expresión de la ansiedad, concretada en imágenes de los sueños que el niño vive como reales.
- Trastornos De La Alimentación
- En el primer año, las separaciones traumáticas son seguidas, a menudo, de rechazo de alimento; pero también puede suceder todo lo contrario, es decir, que el niño muestre una excesiva necesidad de alimento; en este último caso, la comida cumple la función de sustituto materno.
Los primeros trastornos de alimentación aparecen en relación con la lactancia.
Algunos niños ya en las primeras semanas de vida, rechazan el pecho o el biberón.
Al principio muestran pasividad ante la comida, no realizan los movimientos de succión y, al cabo de un tiempo, se niegan a comer. Las dificultades pueden ser fisiológicas (reflejo de succión demorado, poca necesidad de alimento) o psicológicas; en este caso, como reacción negativa automática ante la ansiedad de la madre.
Por parte de ésta, los obstáculos relaciona dos con el flujo de la leche o la forma del pezón, o los factores psicológicos, como una respuesta ambivalente y ansiosa del amamantar a su hijo, son también causa de rechazo temprano.
Un trastorno frecuente es el rechazo de alimentos en el período del destete. El bebé puede reaccionar con pasividad, sin cooperación, o bien con un rechazo abierto, oponiéndose a ingerir la comida con llanto, agitación o vómitos. Estas dificultades pueden prevenirse si el destete se lleva a cabo en forma gradual, teniendo en cuenta lo que ello supone para el bebé.
Una adecuada información hacia la madre por parte de los ginecólogos y de los pediatras puede ser de gran utilidad en relación con ello.
Cuando estos trastornos no son excesivos, se traducen en desagrado hacia ciertas comidas, inapetencia, aversión por consistencias y sabores nuevos, o en ausencia de placer en la esfera oral. En ocasiones ocurre lo opuesto dando paso a una excesiva voracidad.
Cualquiera que sea la actitud dominante en los procesos de la alimentación, ésta también ejerce importantes influencias sobre otros campos del desarrollo. La relación comida-madre, propia de los primeros meses, fundamente la convicción subjetiva de la madre de que el rechazo del niño hacia las comidas expresa también el rechazo de su atención y cuidados, lo cual origina una hipersensibilidad durante los procesos alimentarios. Son importantes las reacciones de los padres respecto a estas dificultades, puesto que, si la madre tiende a preocuparse o a forzar con extrema rigidez la alimentación, se crean círculos viciosos en que la hostilidad y tensión habrán de predominar, convirtiendo los verdaderos actos de comer en verdaderas luchas entre la madre por conseguir, cada uno, sus objetivos..
Más adelante estos trastornos se pueden generalizar en dificultades para incorporar alimentos o adquirir nuevos conocimientos y aprendizajes.
A menudo estos trastornos son pasajeros, pero pueden dejar secuelas que pueden complicarse posteriormente.
Regurgitación o Rumiación
Una dificultad muy seria en el proceso alimentario, que comienza entre los tres y seis meses de edad y puede persistir durante mucho tiempo. El lactante devuelve a la boca, voluntariamente, parte de su contenido gástrico, masticándolo con fuerza antes de volverlo a tragar.
La regurgitación o rumiación se produce en cualquier momento, entre dos tomas de alimento, siempre que el niño se encuentre solo y no haya ninguna persona que le dedique su atención. Por esta razón difícilmente puede observarse como lleva a cabo el acto en sí. El bebé permanece quieto y hace muecas, frunce el ceño, dobla el labio inferior, saca la lengua y proyecta la mandíbula hacia delante. Asimismo arquea la espalda y contrae los músculos abdominales, efectuando, al mismo tiempo, movimientos rítmicos de masticación hasta que el alimento retorne a la boca. Algunos niños se ayudan introduciendo sus dedos u otros objetos en la boca. Parte de este material es vuelto a tragar de nuevo, mientras que el resto se escupe sin esfuerzo.
A pesar de que son lactantes habitualmente quietos, tristes, y que yace inmóviles durante horas, experimentan con la rumiación u extremado placer y pueden continuar haciendo movimientos de succión como si buscarán la obtención de una satisfacción oral que no pueden obtener por otras causas.
Cuando este acto de rumiar se regulariza, conlleva pérdida de peso, crecimiento deficiente, distrofia grave y deshidratación. En casos extremos, si no se resuelve a tiempo, pueden llevar a la muerte por inanición.
Las investigaciones al respecto muestran que hoy no hay ningún tipo de anomalía orgánica anatomofisiológica. Los factores etiológicos del síndrome de la rumiación corresponden a las dificultades graves, o a la carencia de relaciones entre la madre y el lactante.
Los estímulos externos no atraen su atención ni modifican su actitud. Su estado es de completa pasividad, pero la mirada es extremadamente expresiva e intensa, a pesar de la triste expresión facial y el aspecto demacrado. Paralelamente a lo descrito, suelen darse otros trastornos de carácter más o menos grave. Richmond describe rasgos neuróticos, características autistas, juegos con materias fecales y balanceos del cuerpo.
Aunque se puede evitar el acto de rumiación mediante constante atención y distrayendo al niño, una mejoría importante sólo puede darse merced al restablecimiento de una buena relación entre la madre y el niño.
En ocasiones la regurgitación puede confundirse con los vómitos, pero cabe diferenciar que éstos son involuntarios, se realizan con esfuerzo, y el bebé expulsa al exterior todo el material gástrico.
Los Vómitos
En los vómitos, la fuerza es proporcionada por fuertes contracciones de la musculatura abdominal, y pueden tener una gran variedad de causas: trastorno de tipo digestivo causados por un exceso de alimento y favorecidos, en ocasiones, por una demanda excesiva por parte del bebé, actitudes sobreprotectoras por parte de la madre, etc. El origen , sin embargo, puede residir en una falta de atención por las necesidades del alimento. En el período neonatal, el vómito también puede ser causado por material irritante deglutido durante el nacimiento. La aerofagia o absorción de aire excesiva entre las tomas de alimento es otra de las causas. No obstante, los vómitos se deben con harta frecuencia a dificultades emocionales que el niño experimenta, y deben entenderse como una llamada de atención equivalente a una protesta, en la mayoría de estos casos, los aspectos emocionales que van ligados a la reacción de vómito de resumen en un miedo a la pérdida de la madre y en sentimientos de abandono.
A partir del segundo año de vida, madre y alimento se separan en la mente consciente del niño, pero la identidad de las dos imágenes persiste en el inconsciente; la manifestación de trastornos en el proceso alimenticio está en relación con las emociones conflictivas hacia la madre, emociones que se transfieren al alimento como símbolo de ésta. Cuando un niño se opone a la madre y la rechaza, puede manifestarlo a través de la lucha, contra el alimento que ella le ofrece. Algunas madres parecen entender esto cuando, al consultar por un niño que presenta problemas de alimentación, lo hacen con las expresiones del tipo: "mi niño no me come".
Así, las madres, aun cuando no sean las responsables directas de las perturbaciones alimenticias de sus hijos, puede adoptar un comportamiento que agrave la situación, actuar como vínculo entre el niño y el alimento mucho más allá de lo que es necesario; por ejemplo, al impedir el acceso directo del niño a la comida y las manipulaciones que esto puede conllevar.
El niño expresa su ambivalencia hacia la madre de forma fluctuante, que comprende desde un ingestión excesiva hasta el rechazo del alimento.
Los trastornos de alimentación van unidos en esta edad, además, a las fases del desarrollo, de manera que se encuentren alteraciones en relación con la fase anal y con el manejo de la agresión. El niño puede inhibir el apetito y negarse a morder, a masticar o a tragar los alimentos, y todo esto, precisamente, en un momento en que los alimentos sólidos constituyen la base de su dieta. En este período, el acto de morder desempeña la función de expresar la agresión. Si hay una inhibición y se niega a morder, esto quiere decir que le niño experimenta una fuerte ansiedad respecto a las agresiones orales, que, a su vez, puede afectar al placer de comer durante toda la infancia e incluso al de su vida adulta.
En esta época, los niños utilizan el alimento no sólo como tal, sino también con finalidades placenteras; así, les gusta jugar con a comida, manipularla, untarse con ella, etc.
Todos los niño carecen de control vesical voluntaria durante el primero y segundo año de vida. El control diurno se adquiere antes que el nocturno. Es hacia los 3 ó 4 años cuando la mayoría de los niños alcanzan control total.
El hecho de que el niño acceda a dicho control depende de varios factores: Adiestramiento, capacidad de aprendizaje, maduración anatomofisiológica, y todo ello a su vez está condicionado por el desarrollo afectivo del niño, o sea del nivel de la comunicación alcanzado en la relación madre-hijo. Según sea ese nivel el niño puede utilizarlo de modo inconsciente para su propia satisfacción o en oposición a los deseos de la madre.
Durante el día, normalmente hacia los dos o dos años y medio, el niño controlará sus esfínteres, presentándose antes el control anal que el vesical.
El control nocturno se adquiere entre los dos y tres años y medio, aunque a veces la madre tenga que intervenir, despertándole para que no "moje" la cama. Esto puede prolongarse hasta los 4 ó 5 años, sin que sea considerado como patológico.
Cuando el niño dispone a su arbitro de los mecanismos de retención y expulsión, como forma de rebelión, expresa así sus sentimientos de la madre, a la que obliga en cierta forma, a que lo siga atendiendo y limpiando como a una bebé, con resultado placentero para él.
Los trastornos referentes a esta adquisición son la enuresis y la encopresis.
Enuresis
La enuresis es la falta de control en la emisión de la orina, con micciones completas que pueden aparecer durante el día o la noche de forma inconsciente e involuntaria, y que se mantienen o aparecen pasada la edad de adquisición normal. Se da más frecuentemente en niños que en niñas.
La enuresis puede ser primaria o secundaria. El niño padece enuresis primaria cuando nunca ha conseguido alcanzar el control, y enuresis secundaria si, después de adquirir un control prolongado (próximo a un año), vuelve a dejar de controlar. Las causas pueden ser múltiples, y tienen que ser vistas en relación con cada niño, según su personalidad y trastornos afectivos. No obstante, en cualquier caso está anunciando, a modo de síntoma, que algo no funciona bien y que cl niño necesita ayuda.
La frecuencia puede ser diaria, como ocurre en la enuresis primaria, o intermitente, según suele darse en la secundaria.
La enuresis es el síntoma, o sea la forma inconsciente, que utiliza el niño para reclamar la atención y mostrar la necesidad de ayuda. El síntoma enurótico no siempre obedece a un mismo tipo de trastorno emocional, sino que pueden ser distintos conflictos internos los que lo hagan aparecer. Lo frecuente es que el síntoma revele un conflicto emocional más o menos serio que es, en definitiva, lo que deberá resolverse.
En el niño de dos años, la enuresis Puede coincidir con el despertar de los intereses sexuales, con una separación importante, con el nacimiento de un hermano, o con algún problema familiar grave ante el cual el niño reacciona de forma regresiva.
No debe confundirse la enuresis con la incontinencia de la erina de origen orgánico, ya que ésta, aunque sea un trastorno involuntario, se sitúa al nivel consciente, y el niño se esfuerza por retener sin conseguirlo. Tampoco cabe confundirla con otras manifestaciones de naturaleza urológica, renal o del metabolismo.
A continuación un ejemplo de la enuresis como testimonio de un drama
A sus catorce años, Raquel seguía mojando la cama por les noches: padecía una enuresis nocturna. Sus familiares no habían consultado antes el problema porque pertenecían a un medio rural en que esto se consideraba como una anormalidad fisiológica constitucional.
La chica se había ido arreglando como podía. Al ingresar en la escuela secundaria, donde permanecía interna durante la semana, todos los lunes se iba provista de sus pañales y, al cabo de poco tiempo —cuando empezó a menstruar—, de compresas higiénicas.
Desde el internado en que realizaba los estudios, fue enviada al servicio de psicopatología de un hospital. Era la tercera de cuatro hermanos, y la única mujer. A los tres años, viajando en el coche familiar sentada en las rodillas de su madre, en el asiento junto al padre, que era quien conducía, sufrieron un grave accidente en el que pereció la madre, quedando el padre malherido. A Raquel le pareció recordar, en el curso de la psicoterapia que se instauró tras el diagnóstico, que sus padres iban discutiendo acaloradamente antes de que tuviese lugar el choque contra un árbol. Cuando acudieron los primeros socorros, la niña lloraba desconsoladamente, agarrada a su madre muerta.
Los abuelos maternos se hicieron cargo de lo. cuatro niños tras apartarlos de su padre, por considerar a éste responsable directo de la muerte de su esposa. Con ello, la niña perdió a sus dos progenitores y, al no poder elaborar el duelo consiguiente a la separación de la figura paterna, tan arbitrariamente sustraída, fue alimentando una parte de sí misma que quedó fijada en los tres años de edad. La enuresis permaneció como testimonio de un drama del que no podía tener ni memoria ni recuerdo.
La psicoterapia le permitió elaborar la pérdida de la madre y recuperar la figura paterna como alguien que había experimentado con la misma intensidad que ella aquel drama familiar.
Encopresis
La encopresis es la evacuación intestinal parcial o total que tiene lugar pasada la edad normal de control, siempre que no sea debida a algún tipo de afección orgánica.
Al igual que la enuresis, la encopresis es más frecuente en los niños que en las niñas; además el encoprético es (o ha sido) también enurético.
Paralelamente pueden presentarse estreñimiento, diarreas, o ambos a la vez, alternando periódicamente.
En su forma primaria, el niño nunca ha dejado de ensuciarse, al menos por un tiempo suficientemente largo como para que pueda considerarse que ha alcanzado un control. En la secundaria, aparece una encopresis que coincide, a menudo, con un factor desencadenante: alejamiento de la madre, operaciones o internamientos del niño o de uno de los padres, modificaciones de la estructura familiar (muertes o nacimiento de un hermano, entrada en la escuela, etc.
A veces, la encopresis parece, la encopresis parece remitir al abrigo de unas circunstancias ambientales muy favorables para el niño, pero puede reaparecer fácilmente.
Los niños encopréticos padecen en general un tipo de trastorno de la personalidad con características comunes a todos ellos. Presentan dificultades en el manejo de la agresión, son muy dependientes y toleran mal las frustraciones.
Acostumbran ser ansiosos e indecisos, y presentan dificultades de relación con los demás, especialmente con la madre. A menudo se infravaloran, no confían en sus capacidades primitivas y experimentan un constante sentimiento de fracaso.
Aunque no debe soslayarse la importancia de la época y la forma en que se realizó el aprendizaje, tampoco se puede atribuir a éste el origen, ya que no todos los niños reaccionan de igual modo ante un mismo método de adiestramiento, ya sea coercitivo o dejado al azar.
El niño puede mostrarse reacio a regular la evacuación intestinal por diversos motivos: oposicionismo, comportamiento de tipo regresivo, reafirmación de su agresividad, etcétera. Hay algunos niños que experimentan un gran placer con la retención y la excreción de materias fecales, y utilizan estos mecanismos inconscientemente como una forma de autoerotismo.
La evolución de dicho trastorno no depende de la edad de aparición ni del momento en que se instaura, sino de la gravedad del conflicto que lo provoca y del mantenimiento del síntoma que lo encubre.
Normalmente, la encopresis no se presenta como un síntoma aislado, sino que va acompañada de otras manifestaciones, aunque éstas no sean tan espectaculares ni, posiblemente, tan molestas.
Una buena evolución tal vez pudiera facilitarla una modificación de la actitud de la madre, o del sustituto materno, para crear un mejor contacto madre-hijo. En el seno de estas relaciones, en las que reinan simultáneamente la dependencia y la hostilidad, el síntoma actúa como una forma de búsqueda de atención y, a la vez, como un modo de relación hostil.
Constipación
La constipación es la retención fecal cuando no existen anomalías anatómicas ni causas dietéticas especiales. Aparentemente, no es un problema importante, pero a la larga suele convertirse en un trastorno crónico y difícilmente reversible. Se considera también como una forma de manipular sus excrementos por parte del niño, quien hace uso de la retención por oposicionismo o negativismo.
El hecho de que el niño no pueda defecar, o no quiera cuando le correspondería o los padres creen que le convendría, despierta en éstos mucha ansiedad, especialmente durante su aprendizaje. También puede dar lugar a que este estreñimiento se convierta en el centro de interés de los padres, y, de esta forma, el niño pasa a convertirse en objeto de observación y atención.
La constipación suele instaurarse durante las épocas en que el niño comienza el control del esfínter anal, aunque pueda darse ya anteriormente. En los casos de adiestramiento extremadamente rígido o temprano, aparecen estreñimientos que, posteriormente, pasarán a convertirse en encopresis secundarias.
Al igual que en los casos anteriores, la retención fecal tiene sus orígenes en causas de tipo psicológico.
Diarrea
Las diarreas se incluyen entre los trastornos gastrointestinales cuyo origen es la ansiedad, exceptuando las causadas por una posible acción de agentes infecciosos o alergias alimenticias; pero no hay que olvidar que, en un gran número de casos, intervienen los factores psicológicos. Los bebés que padecen este trastorno, se afirma, suelen ser pasivos. Los factores psicosociales implicados en el inicio de este proceso son la pérdida real, o amenaza de pérdida, de la figura clave, de la que el bebé es muy dependiente. Todo ello comporta en él estados de ansiedad que, al no poder ser elaborada, se traducirán en diarreas. - Trastornos Esfinterianos Y De Evacuación Balanceos
El recién nacido comienza la vida con sus reacciones gobernadas por un principio interno, de acuerdo con el cual disfruta las experiencias placenteras, rechaza el displacer y lucha por reducir la tensión. Esto es logrado, en ocasiones, a través de las actividades autoeróticas encaminadas a producir satisfacción, que se expresan en forma de descargas motoras que comprenden los balanceos, la succión del pulgar y la exploración del propio cuerpo, según las características propias de cada bebé.
Estas descargas motoras son frecuentes en el niño normal, y tienden a desaparecer hacia los tres años. Cuando la relación entre la madre y el lactante se ve perturbada, estas actividades autoeróticas tienden a disminuir, y el bebé pierde entonces el interés por su propio cuerpo, o bien se incrementan notoriamente.
Se han descrito algunos desórdenes del sistema motor por hiper o hipomotilidad (aumento o disminución de las actividades motrices). En algunas ocasiones, y más frecuentemente cuando el niño está en un medio institucional, se manifiesta un balanceo exagerado que, en el desarrollo normal, aparece de un modo transitorio. Cuando el balanceo llega a convertirse en una actividad exagerada, sustituyendo a la mayor parte de las otras actividades normales, entonces se lo considera patológico. Por lo general, tiene lugar más frecuentemente entre los niños hipertónicos, cuyas madres parecen adoptar actitudes que oscilan entre los mimos exagerados y la hostilidad manifiesta. Este fenómeno se caracteriza por la frecuencia y violencia con que se realizan los movimientos del balanceo, pues el niño desarrolla un comportamiento motor mucho más activo que aquel que correspondería a su edad. En los bebés menores de 6 meses, el balanceo suele llevarse a cabo en postura de estar tendido sobre la espalda. Después de los 10 meses, no es extraño observarlo en posición erecta. Son característicos, en el cuadro clínico, la hipermotilidad y el retraso en los sectores del dominio social, puesto que no se ha lo grado establecer relaciones libidinales consistentes. En el orden manipulativo, se observa un retardo en el uso de los juguetes y otros objetos.
En los niños que manifiestan esta hipermotilidad oscilante, se evidencia un trastorno de las primeras relaciones objetales. Con el balanceo, estos niños encuentran un objeto sustituto: El del impulso narcisista primario, es decir, su propio cuerpo.
Una característica especial dentro de los balanceos es la que tienen algunos niños de autoagredirse. El head banging u offensa capitis se caracteriza por un amplio balanceo, generalmente anteroposterior, con golpes, en ocasiones muy violentos, de la cabeza contra la cuna o contra cualquier otra superficie a su alcance. Suele producirse por las noches, durante 15 o 20 minutos, y puede ir acompañado de otras ritmias, especialmente la del acunamiento. El bebé alcanza de este modo la satisfacción autoerótica inmediata dirigiendo contra sí mismo la agresividad.
Los golpes en la cabeza desaparecen hacia los cuatro años y son sustituidos por otro tipo de descargas motoras. En algunos niños pueden persistir hasta los 10 años, aunque con distinto significado.
Trastornos de la Marcha
Con la adquisición de la marcha, el terreno de la exploración del bebé se amplía enormemente, sus posibilidades manipulativas se enriquecen, y ya no depende exclusivamente de la madre o del sustituto materno para desplazarse de un lugar a otro o coger las cosas que desea. Si el niño no puede mantener a la madre en su mente, no podrá separarse de ella, porque implicaría perderla. Esto puede ocasionar un retardo en la deambulación o una inestabilidad motriz (inseguridad, caídas constantes, llanto ante el miedo a desplazarse, etcétera), lo que conduce a que sea la madre quien lo acompañe en sus desplazamientos y, de no hacerlo, el niño se verá incapacitado para probarlo por sí mismo.
Esta actitud muestra cómo el niño es aún muy dependiente de la madre y cómo no puede abandonar esa dependencia. Las consecuencias de lo anterior pueden conducir al niño a un retraso más general en otras áreas, dado que la exploración de lo que le rodea queda muy limitada y, consecuentemente, también sus intereses, que se concentrarán en controlar a la madre y en hacer que ésta le atienda, reclamando su atención a causa de su pasividad y el poco interés ante aquello que le rodea.
El retraso en la adquisición de la marcha —ya sea por causas de tipo físico, o por las de tipo psíquico mencionadas afecta a la personalidad global del niño. La falta de exploración del medio conlleva una limitación en cuanto a la percepción del espacio, y el conocimiento del propio esquema corporal será más deficiente de lo que corresponde a su edad. En consecuencia, también queda reducida toda el área del conocimiento y puede retardarse la capacidad de verbalizar.
Con el inicio de la deambulación, y vinculados a ella, pueden aparecer trastornos de la conducta diferentes a los señalados hasta ahora, trastornos que se manifiestan más directamente que los anteriores, en la medida que el niño tiene mayor capacidad de comunicación. Son los que hacen referencia a conductas de tipo desordenado y destructivo, en relación con la fase anal y, en especial, con el nivel del sadismo anal. Este tipo de conductas tiende a desaparecer o a disminuir cuando el niño encuentra nuevas vías de descarga distintas de las motrices, sobre todo aquellas relacionadas con la adquisición del lenguaje.
HiperquinesiaLos tics
Hiperquinesia es un término usado años atrás para designar sencillamente conductas caracterizadas por un exceso de actividad, inquietud e impulsividad en niños a los que se suponía afectados por algún daño cerebral orgánico’. Con el tiempo, y en la medida que fue imposible demostrar ese supuesto mal, fue sustituido por el de "daño cerebral leve" y, por último, quedó en pie algo tan vago como disfunción cerebral mínima
Actualmente, la definición de hiperquinesia, según la Organización Mundial de la Salud, debe ser aplicada para aquellos trastornos en que la extrema hiperactividad, pobremente organizada y regulada, la distraíbilidad y la impulsividad son sus más importantes características. El trastorno no es secundario, en forma clara, a ningún otro síndrome psiquiátrico. La agresión y las marcadas fluctuaciones de los estados de ánimo son también síntomas comunes a ella.
Es así que. una última revisión de esta afección, considera que un rasgo esencial, unido a la hiperactividad, es la manifiesta dificultad que presentan todos estos niños para mantener la atención.
De tal modo que se ha propuesto un nuevo término para categorizarlo, poniendo énfasis en el trastorno de la atención, a saber trastorno con déficit de la atención e hiperactividad.
Se inicia el mismo, por lo general, alrededor de los dos o los tres años e incluso antes, pero resulta incómodo y manifiesto al comienzo de la escolaridad. La descripción de estas conductas es bastante característica. El niño "no está un momento quieto", "no puede quedarse sentado", y la actividad —que es extrema— no parece guardar un propósito determinado. No es rara la destructividad, y, en cuanto a la escuela, es imposible su adaptación a ningún tipo de disciplina. Hay un constante tocar y manipular objetos que, al fin, terminan rotos. El niño se distrae con cualquier tipo de impresión por irrelevante que sea, y es casi imposible hacerle mantener la atención. Consecuencia lógica, la escolaridad y el aprendizaje se resienten seriamente.
Es importante consignar que la gran mayoría de estos niños no presentan trastornos neurológicos conocidos, aunque pueda haber disfunciones perceptuales y motoras. El problema máximo de diagnóstico se presenta al tratar de diferenciarla del exceso de actividad secundaría a la ansiedad o a la depresión. En este último caso, va acompañada generalmente de miedos, preocupaciones, trastornos del sueño o pesadillas. Con todo, es imposible asegurar que la ansiedad no sea el verdadero motor de la hiperquinesia. Tanto es así que Melánie Klein ha sugerido cierta similitud con la esquizofrenia.
No es claro el futuro de estos niños librados de esta suerte a sus propios recursos. Lo cierto es que la hiperquinesia acarrea en potencia la posibilidad de serias consecuencias respecto al desarrollo de la personalidad, aunque antiguamente se creyese que esas manifestaciones decrecían con el transcurso del tiempo hasta desaparecer completamente en la adolescencia.
Los tics consisten en la repentina, imperiosa e involuntaria ejecución, a intervalos irregulares, pero relacionados, de movimientos sencillos, aislados o unidos, que, objetivamente, parecerían tender a un objetivo concreto.
Meige dice que su ejecución va precedida, con frecuencia, de una necesidad que, si se reprime, produce malestar. La voluntad y la distracción pueden suspenderlos, así como pueden desaparecer al dormir.
El tic transitorio también se manifiesta con movimientos motrices, recurrentes, involuntarios, repetitivos, rápidos y sin propósito. Su comienzo tiene lugar durante la infancia o la adolescencia, y su duración mínima es de un mes, pero de no más de un año. Desaparece durante el sueño.
El tic más común es un parpadeo o un movimiento facial, aunque también pueden verse afectados toda la cabeza, el torso o las extremidades. Una persona puede tener varios tics simultáneamente o en momentos distintos. Su comienzo puede ser tan temprano como a la edad de los dos años, pero es más normal en el periodo de latencia, y aunque es un trastorno que no incapacita, puede llevar al individuo a una disfunción severa y a dificultades en sus relaciones sociales.
Este trastorno es tres veces más frecuente en los varones que en las niñas, y aparece a menudo en familias en que alguno de sus miembros presenta el mismo síntoma.
El tic cróníco consiste en movimientos motrices recurrentes, involuntarios, repetitivos, rápidos y sin propósito que afecten a no más de tres grupos musculares al mismo tiempo. La intensidad del síntoma es constante durante semanas o meses, y los movimientos pueden ser suprimidos voluntariamente durante minutos u horas. Su duración mínima es de un año, y el comienzo, por lo general, se presenta en la infancia.
Los tics vocales se dan pocas veces. Son gruñidos u otros ruidos causados por contracciones torácicas, abdominales o diafragmáticas.
Aunque no conlleve incapacidad, el tic crónico puede conducir a un trastorno severo y a un rechazo de la integración social. No se debe confundir con el tic transitorio, ya que la duración de éste es de menos de un ano.
La enfermedad de La Tourette consiste en movimientos motrices recurrentes, involuntarios, repetitivos y rápidos, con el agregado de muchos tics vocales. Los movimientos pueden ser suprimidos durante minutos u horas, y su intensidad es variable. Afectan generalmente a la cabeza, como también a otras partes del cuerpo, torso y extremidades superiores e inferiores. Los tics vocales incluyen varios sonidos complicados, palabras o coprolalia (manía blasfematoria). Desaparecen durante el sueño y se atenúan mediante actividades absorbentes. Con esfuerzo, se suprimen temporalmente.
Esta afección puede ir acompañada de otros sintomas, como eco quínesia (imitación de movimientos de alguien que está siendo observado), palilalia (repetición de los últimos sonidos o palabras de las frases), coprolalia mental (pensamientos de palabras groseras, pensamientos obsesivos de dudas y pensamientos compulsivos de tocar). También presentan anomalías encefalográficas no específicas, signos neurológicos leves e hiperactividad manifiesta ya durante la infancia.
Los tics pueden aparecer tempranamente, a los dos años, pero casi siempre antes de los trece. La enfermedad es, por lo general, permanente, con períodos de remisión o disminución espontánea que fluctuaría en intensidad y forma. Su desfavorable repercusión en la relación social y laboral se debe a la vergüenza que produce ante las reacciones ajenas.
Es más frecuente en varones que en niñas y entre las familias que ya lo han padecido.
Melanie Klein señala que hay una estrecha conexión del tic con la personalidad total del paciente, con su sexualidad y con su neurosis, pues, cuando la lucha del niño ante la masturbación fracasa, pueden surgir como sustitutivos otras descargas motoras, como es el caso de los tics.
Así, pues, el tic es un derivativo, con fantasías masturbatorias ligadas a él; la sublimación de dichas fantasías puede, en consecuencia, hacerlo desaparecer.
Es frecuente que, en el período de latencia (hacia los siete años, aproximadamente), aparezcan tics transitorios. Posteriormente, si se dan interferencias o experiencias traumáticas, sobre todo en la pubertad, pueden convertirse en tics permanentes. - Trastornos de la actividad
- Trastornos Del Lenguaje
Los distintos tipos de trastornos del lenguaje a menudo se presentan simultáneamente. También se asocian con un déficit con el rendimiento académico durante la etapa escolar, problemas de enuresis funcional, trastornos del desarrollo de la coordinación, con problemas emocionales, conductuales y sociales (Dabbah, 1994).
Dislalia
Una forma de lenguaje aniñado" son las dislalias, es decir, alteraciones de la pronunciación de las palabras, que adquieren corrientemente un carácter fijo y que recaen sobre una o varias consonantes. Las dislalias se consideran normales en los primeros estadios del desarrollo del lenguaje. Algunas de ellas son muy persistentes y no constituyen un obstáculo real, como, por ejemplo, la sustitución de la s por la z.
Hay padres que al hablar con sus hijos utilizan también este tipo de lenguaje porque les hace gracia, por tratar de identificarse con el niño o por el deseo inconsciente de mantenerlos pequeños. A veces, los niños se acompañan de un lenguaje gestual, y, al sentirse comprendidos e imitados, no hacen ningún esfuerzo por cambiar, hasta que más adelante, al relacionarse con otras personas, comprueban que no se les entiende, como puede suceder al ingresar en la escuela.
Este retraso debe considerarse de carácter afectivo, ya que implica un cambio de la articulación y de la tonalidad, que conserva un matiz demasiado infantil sin que por ello se produzca una especial distorsión.
La mayoria de niños con retrasos simples, es decir que no obedecen a fallo de la inteligencia ni a trastornos orgánicos, a los cinco años pueden haber adquirido un lenguaje normal, aunque un examen minucioso del mismo quizás mostrase dificultades que se revelarán más tarde con los primeros aprendizajes escolares.
De acuerdo a su etiología la dislalia puede ser clasificada en:
- Dislalia evolutiva. Son anomalías articulatorias que se presentan en las primeras etapas del desarrollo del habla y son consideradas normales, ya que el niño está en pleno proceso de adquisición del lenguaje.
- Dislalia funcional. Son aquellas donde no se presenta ningún trastorno físico u orgánico que justifique la dislalia. Son denominados por algunos autores desórdenes fonológicos, ya que los niños habrían organizado su sistema fonológico de manera distinta a la habitual. Los errores de dicción suelen ser parecidos a los que producen los niños durante las etapas de adquisición del lenguaje.
- Dislalia audiógena. Los problemas de articulación son producidos por deficiencias auditivas, ya que niño no puede reconocer de manera adecuada sonidos semejantes. La gravedad de la dislalia estará en relación al grado de hipoacusia y entre las medidas a tomar se encuentra el uso de prótesis auditivas y la intervención pedagógica para desarrollar la discriminación auditiva, enseñar articulaciones ausentes, lectura labial, etc.
- Dislalia orgánica. Son los trastornos de articulación motivados por alteraciones orgánicas. Cuando la alteración afecta a los órganos del habla ya sea como anomalías anatómicas o malformaciones, se denomina disglosia.
Son "los problemas de articulación del habla a consecuencia de una lesión cerebral (quedan dañados los nervios craneales) produciendo una parálisis o ataxia de los músculos de los órganos fonatorios." (Serón y Aguilar, 1992, p.290).
Además de los problemas fonatorios, el niño con disartria presenta dificultades para mover los músculos bucales en otros tipos de actividades, como masticar o deglutir. El caso extremo es la anartria, en la cual el niño no puede emitir correctamente ningún fonema.
La etiología debe buscarse en las posibles causas capaces de dañar el sistema nervioso, como puede ser un trauma craneo-cervical, un tumor del cerebro o cerebelo y enfermedades infecciosas o degenerativas el sistema nervioso.
Disfemia
La disfemia es "una disfluencia o dificultad en el flujo normal del habla. Ocasiona repeticiones de sílabas o palabras o paros espasmódicos que interrumpen la fluidez verbal", (Serón y Aguilar, 1992, p.294); a las alteraciones del habla se le suman, generalmente, manifestaciones de tensión muscular como movimientos de manos, cierre de ojos, gesticulación facial y movimientos corporales. Suele aparecer a edad temprana (el 88% de ellas se presenta antes de los 7 años) y es más común en los hombres.
Para objetos de diagnóstico temprano, se debe distinguir entre la disfluencia, característica de la tartamudez, y la afluencia o no afluencia, la cual es normal en el desarrollo de los niños. La primera se referiría a la repetición de sonidos y sílabas y a prolongaciones de ellos; la segunda, a la repetición de frases y palabras y la revisión de frases e interjecciones.
Afasia
Se puede definir como "una alteración del lenguaje debido a lesiones cerebrales producidas después de la adquisición del lenguaje o en el transcurso del mismo."(Serón y Aguilar, 1992, p.337). Es posible señalar distintos tipos de afasia, de acuerdo a la modalidad de expresión afectada, las cuales casi nunca se encuentran en forma pura: oral, escrita, gestual y de recepción. Para efectos de diferenciar la afasia de otros trastornos, es preciso que exista una lesión del sistema nervioso central que afecte al lenguaje, la cual se produce generalmente en las áreas fronto-temporo-parietales del hemisferio dominante- normalmente el izquierdo -, por una encefalopatía, un accidente cardio-vascular, un TEC o un tumor. Se considera afasia, con más claridad, cuando se produce a partir de los 3 años de edad, aproximadamente. La perdida de lenguaje es brusca y consecutiva a un periodo de coma. En los primeros momentos el niño puede permanece mudo, o emitir apenas algunas palabras. (Aidex, 2000a).
"La afasia infantil es un trastorno del aspecto emisor del lenguaje. Para llegar a una mejor clarificación, la afasia infantil ADQUIRIDA se sitúa entre el trastorno denominado disfasia (anteriormente descrito) y un trastorno específico del lenguaje. En el primero, el déficit es en la estructuración del lenguaje, en el segundo, la perturbación se produce en el inicio y en la elaboración del lenguaje. "Esta afasia infantil adquirida es la resultante de la aparición de una lesión cerebral entre los dos - tres primeros años de vida." (Serón y Aguilar, 1992, p.341). Se diferencia de la afasia adulta por el tipo de desórdenes que produce y no tanto por la lesión en sí, ya que en el niño (dependiendo de la edad), al no estar totalmente elaborados los esquemas neuro-lingüísticos, la lesión no produce tanta alteración como en el adulto.
Tartamudeo
Otros trastornos referentes al lenguaje que pueden aparecer en esta edad son el tartamudeo y el mutismo.
Se llama tartamudeo a la repetición o prolongación de sonidos, sílabas o palabras, o bien dudas no usuales y pausas, que rompen la fluidez rítmica del lenguaje.
En ocasiones puede ir acompañado de tensiones visibles en la cara o en todo el cuerpo, como parpadeo ocular, temblores de los labios o de la mandíbula, tics y movimientos de cabeza.
Existen dos tipos de tartamudez: la clónica y la tónica. La tartamudez clónica tiene por característica la repetición de fonemas, especialmente la del primero emitido, e incluso a veces la repetición de un fonema parásito. La tartamudez tónica se caracteriza por un paro en la emisión acompañado de movimientos y de reacciones emocionales.
Los tartamudos pueden disponer de un lenguaje muy rápido o muy lento, cambios en la vocalización, inflexión inapropiada ó falta de variación en el tono.
Es de resaltar que el tartamudeo no se suele producir cuando el niño canta o habla con objetos inanimados o animales, y que a veces sólo se da con determinadas personas, lo que indicaría las dificultades emocionales de relación del niño con dichas personas.
La edad de aparición es variada, pero hay edades cruciales como a los tres años y medio y entre los cinco-siete años, pero casi siempre antes de los doce años.
Su comienzo suele ser gradual o a través de dificultades ocasionales, cuya causa puede encontrarse en una exigencia de comunicación inicial o cambios importantes en la vida del niño (nacimiento de un hermano, separaciones, entrada en la escuela, etcétera).
En un principio, el niño puede no percatarse de su tartamudeo, pero a medida que éste progresa las repeticiones se hacen más crónicas y alcanza a la mayoría de las palabras. Así es como el niño toma conciencia de sus dificultades para hablar en situaciones específicas; es entonces cuando empieza a asociar sus dificultades con palabras, frases o situaciones concretas que tratará de evitar, ya que le pueden acarrear complicaciones de tipo social o de conducta, tales como convertirse en objeto de burla, lo que dificultará su relación con los demás. No obstante, se trataría de casos severos en los que el niño vive con mucha angustia la posibilidad de tartamudear.
La tartamudez es un trastorno más frecuente en los varones que en las niñas con incremento de la incidencia de tartamudos entre familiares próximos.
El psicoanálisis explica las causas psicológicas de este síntoma relacionándolas con el momento evolutivo del niño.
Hacia el tercer año, el niño se hace muchas preguntas, una de las cuales es la diferencia de sexos. La adquisición del lenguaje le ha de permitir la posibilidad de contestar a sus preguntas, y esta adquisición dependerá, a su vez, de las primeras respuestas que le hayan dado las personas interrogadas.
Guy Rosolato dice al respecto: La determinación sexual corre paralela con lo prohibido, con la prohibición del incesto. Esta prohibición pertenece al área simbólica, pone la sexualidad bajo su índice. En este sentido, toda satisfacción se halla ligada a la negación (el "no" de la prohibición) y al sistema de lenguaje que prevalece en la relación con los padres.
La época del "no" del niño pequeño señala que éste ha integrado la prohibición del incesto; sin embargo, el niño tartamudo choca con esta negación y su deseo inconsciente no lo admite.
Las palabras se convierten, para el tartamudo, en objetos destructores, cargados de agresividad. Hablar es nombrar su deseo, y debe defenderse de él ante cualquiera que le escuche. Así, el tartamudo se siente desdichado por el hecho de no poder expresar aquello que querría tener derecho a decir, pero, al mismo tiempo, su tartamudez lo tranquiliza, lo que explica que muchos tartamudos se aferren a su síntoma, pues, como dice Fenichel, la meta es impedir la manifestación directa de la agresividad por medio de las palabras, a las que dan un valor mágico.
Melanie Klein afirma que la tartamudez es una prolongada lucha entre las posiciones pregenital y genital de la libido. Esta lucha, que se da entre el tercer y el quinto año de vida, aparece como manifestación del complejo de Edipo. El tartamudo no escapa nunca a esa contienda: está encerrado en ella y se desvía hacia posiciones obsesivas que le permiten superar la
angustia.
La madre del tartamudo quiere, a nivel inconsciente, mantener al niño en dependencia total respecto a ella; teme la autonomía del niño tanto física como psíquicamente, ya que la vive como una gran pérdida.
Una característica de los tartamudos es su pasividad externa, entregados como están a racionalizar todos sus movimientos
interiores.
No se debe confundir el tartamudeo con la disfonía espástica, que es un trastorno de la voz, ni con el Íarfulleo, que se caracteriza por un ritmo tan rápido del lenguaje que rompe su fluidez.
Según la severidad del síntoma, puede darse una curación espontánea, especialmente en los pequeños y en aquellos casos en que su aparición viene dada por un momento muy angustioso del niño que encuentra solución. En otros casos, requiere ayuda específica, ya que es un trastorno acompañado de mucha ansiedad y que está actuando como síntoma de situaciones inconscientes. Para su resolución, es necesario que el niño pueda conectar con su angustia primitiva a fin de que supere el tartamudeo como síntoma desplazado de la verdadera causa.
Mutismo
Se considera que un niño está afectado de mutismo, cuando, después de haber adquirido la capacidad de hablar, según corresponde a su edad evolutiva, deja de hacerlo. Así, pues, no se considerarán afectados de mutismo aquellos niños que nunca hayan emitido sonido alguno o que no hayan desarrollado un lenguaje de acuerdo con su edad.
Pueden distinguirse dos tipos de mutismo: el total y el electivo.
- El mutismo total puede ser un síntoma pre-psicótico o psicótico y, por lo tanto, será una manifestación más de la patología de esta personalidad.
- El mutismo electivo consiste en un rechazo persistente a hablar en determinadas situaciones (escolares, sociales...). Estos mismos niños pueden hablar con amigos o personas escogidas. Comprenden todo lo que se les dice y sus esquemas de lenguaje son normales, aunque algunos de ellos presentan anomalías de articulación y retraso en el desarrollo del lenguaje. Pueden sustituir el lenguaje hablado por movimientos de cabeza, gestos, monosílabos o expresiones cortas y monótonas.
Este tipo de trastorno se suele dar en niños muy tímidos y susceptibles, a quienes les gusta aislarse. También presentan dificultades de separación de la madre, lo que puede dar lugar, al ingresar en la escuela, a una fobia o a un rechazo escolar, ya que allí se verá instado constantemente a hablar.
Hay otros trastornos que pueden acompañar a los niños afectados de mutismo, como son enuresis, encopresis, rasgos compulsivos exagerados, negativismo, rabietas y otras conductas de carácter oposicional y controladoras. Este tipo de comportamientos se suelen dar en casa.
Generalmente, la edad de comienzo del mutismo es antes de los cinco años, y normalmente se identifica como tal cuando el niño acude a la escuela. Hay una variable, sin embargo, que tiene lugar en la adolescencia.
Aunque es un trastorno raro, se ha señalado que es más frecuente en hembras que en varones. Por lo general no se da en hijos únicos o en el primer hijo, y los hermanos están raramente afectados. Su frecuencia es mayor entre familias inmigrantes, sobre todo cuando se trasladan a un lugar de lengua diferente y la madre se queda en casa y está aislada. Esto puede acarrear mutismo al niño, señal de que no ha podido elaborar el cambio y que no se siente suficientemente independiente de la madre.
Otros factores susceptibles de conducir al niño al mutismo electivo son traumas físicos o emocionales precoces en relación con la boca, así como hospitalización precoz, desavenencias familiares mientras el niño está más unido a uno de los padres, (generalmente, la madre), etcétera.
Una relación sobreprotectora y ambivalente por parte de la madre conduce al niño a una dependencia alimentaria y a una necesidad de control materno, mientras que el padre puede mostrarse pasivo o carente de interés. Cuando la familia utiliza el silencio como signo hostil y de control, el niño es entonces la muestra de esa incomunicación familiar.
Este trastorno llega a combinarse con perturbaciones de otras áreas no verbales, en las que es necesaria la espontaneidad, como lo es el juego.
No se debe confundir el mutismo electivo con trastornos de lenguaje por retardo mental o cualquier otra anomalía física. Tampoco se considerarán mutismo aquellos casos en que haya un estado depresivo grave, problemas de ansiedad, de adaptación, etcétera. Aunque en todos estos casos pueda darse mutismo, éste será consecuencia de otros problemas y se presentará como un síntoma más, en tanto que el mutismo propiamente dicho es la persistencia del rechazo al habla.
Así, pues, el mutismo es una reacción defensiva o agresiva, o de temor en los niños tímidos, ante ciertas personas.
No hay que olvidar que, detrás de este síntoma, se halla una personalidad extremadamente trastornada no sólo en los casos de mutismo psícótico, sino también en determinadas modalidades de mutismo electivo que pueden ocultar una organización neurótica.
- Trastornos de la sexualidad
Entre el primer y el segundo año de vida del niño, el orificio anal, y el consiguiente interés por lo que contienen los intestinos, aparece como el núcleo de la gratificación erótica. Gratificación que viene determinada por la evacuación de los contenidos intestinales y por la excitación de la mucosa anal. Otro momento, posterior a éste, pero dentro del segundo año, es el de la retención de las materias fecales, que produce placer por cuanto tiene de control, por parte del niño, de lo que considera sus posesiones.
También en esta edad los contactos con la piel, las fricciones y las cosquillas provocan en el niño sensaciones eróticas.
Hay toda una serie de factores que pueden interferir en el desarrollo de las actividades autoeróticas, haciendo que se mantengan mucho más tiempo del habitual, que no se avance hacia nuevas formas de gratificación o que se retroceda a formas anteriores y más primitivas. Tales factores serian, entre otros, una hospitalización, la separación de los padres, el nacimiento de un hermano, etcétera.
Masturbación compulsiva
La masturbación es, en el niño, una actividad normal que puede comenzar tempranamente, en tanto funciona como descarga de la ansiedad. En el niño pequeño es, a menudo, inconsciente, sobre todo entre las niñas.
El agobiante sentimiento de culpa que experimenta el niño frente a sus actividades masturbatorias explica las tendencias destructivas —en el terreno de las fantasías— que pueden acompañar a la masturbación. Esto hace que, en muchos casos, el niño abandone totalmente dicha práctica; si es así, puede aparecer una fobia, o un sustituto motor, como es el caso de los tics.
La masturbación compulsiva es, en cambio, una manifestación de conflicto, cuya seriedad está determinada por la intensidad y el tipo de ansiedad que la motivan. Generalmente, es un síntoma más de la neurosis obsesivo-compulsiva, pero puede haber un fondo psicótico en el niño que presenta este trastorno. En todo caso, la masturbación compulsiva va acompañada de intenso sufrimiento mental y de acusados sentimientos de culpa que significan —a cualquier edad que suceda— un grave impedimento del desarrollo de la personalidad.
- Trastornos De La Afectividad
Son niños que al parecer, no se impresionan por nada. No hacen caso de las advertencias o consejos de sus padres y educadores. Incluso los castigos les son indiferentes. Parece como si no tuviera el sentido de la obediencia, del amor propio o la responsabilidad.
Se diría que son insensibles pero no es así. Lo que ocurre es que la personalidad del niño ha formado una especie de coraza protectora de insensibilidad, que es una defensa para no sufrir, para no darse cuenta del miedo y la inseguridad que sienten en lo profundo del alma. Como causa de este trastorno encontraremos que siempre que el niño se siente o se ha sentido incomprendido, o bien que ha sufrido malos tratos por parte de sus padres, tutores, maestros u otras personas, especialmente padrastros o maestros.
Una vez formada esa coraza de insensibilidad cuesta librar al pequeño de ella. Hay que tratarlo con comprensión ya amor durante bastante tiempo, par que de nuevo su personalidad se vaya abriendo poco a poco a las palabras y afecto de cuantos lo rodean. Pero mientras el niño no esté completamente libre de inseguridad y miedo tendrá nuevamente tendencia a encerrarse en sí mismo y parecer insensible.
Timidez en los niños
Son los niños encantadores, trabajadores, pero que cuando vienen visitas a casa no saben donde meterse. Utiliza mil excusas para no salir a saludar y cuando no le queda más remedio que hacerlo, tiembla como un flan actúa torpemente y se queda parado en un rincón sin abrir la boca.
En el colegio le ocurre lo mismo incluso llega a no decir la lección al profesor, por vergüenza. Otros chicos hablan entre sí en el recreo, el prefiere observar sin atreverse a participar, aunque confiesa que le gustaría hacerlo.
Los síntomas más frecuentes cada vez que estos niños hablan con otras personas son:
- Enrojecimiento facial
- Temblor de manos
- Palpitaciones
- Sudoraciones
- Tartamudeo
- Sale corriendo en cuanto puede, etc.
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